¿Por qué dejamos de comer lo que nos hizo fuertes?

 El pescado, de la mesa al olvido.

España, un país que presume de tener más de 8.000 kilómetros de costa, que alberga en Madrid el mayor mercado de pescado de Europa, está viviendo una paradoja: cada año comemos menos pescado.

Los datos del Ministerio de Agricultura son claros: en apenas una década, el consumo en los hogares españoles ha caído más de un 25%. Y la pregunta es inevitable: ¿cómo hemos pasado de ser un referente mundial en cultura pesquera a relegar el pescado frente a la pizza congelada o la hamburguesa de oferta?

La respuesta es compleja. El precio pesa, porque el consumidor compara el valor de una dorada fresca con el de un menú rápido y barato. El tiempo también, porque limpiar y cocinar un pescado parece un reto frente a abrir un paquete de procesados. Y no podemos olvidar la publicidad desigual: mientras el marketing multimillonario nos graba en la mente refrescos y snacks, el pescado apenas tiene voz en los grandes medios.

Pero lo más preocupante es el cambio cultural. Las nuevas generaciones apenas pisan el mercado. Ven el pescado como algo caro, incómodo y pasado de moda. Y aquí es donde entra la figura del pescadero, ese profesional que se levanta de madrugada para llenar de vida los mostradores.

Un pescadero hoy no puede limitarse a vender. Debe ser educador, narrador y prescriptor de salud. Explicar que un filete de salmón no es caro si lo comparamos con lo que aporta en nutrientes frente a un ultraprocesado. Mostrar que limpiar, filetear y dar ideas rápidas de cocina puede cambiar la percepción del cliente. Y, sobre todo, usar las herramientas actuales: redes sociales, promociones conjuntas en mercados locales, degustaciones y escaparatismo creativo.

Porque la batalla no es solo de precios, es de confianza y de relato. El cliente necesita volver a sentir que el pescado no es un lujo, sino parte de su vida cotidiana, de su salud y de su identidad cultural.

El futuro del sector depende de cómo contemos esta historia. Y esa responsabilidad está en manos de quienes, cada madrugada, colocan el hielo, alinean el género y abren la persiana con una sonrisa: los pescaderos.


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